La decisión de cambiar
1 de enero de 2015
Desde los 15 años hasta los 21, me acompañaron distintas lesiones crónicas en las rodillas y columna. En una primera etapa, cuando remaba en competencias de alto rendimiento y luego, cuando me formaba como bailarín en danza contemporánea. A los 20, llegué al extremo de no poder caminar más de 5 cuadras sin tener que sentarme en donde esté, para descansar del dolor que en realidad no se iba nunca.
Las fisioterapias solo me ayudaban a desinflamar temporalmente, y las correcciones técnicas de mis entrenadores y profesores nunca me ayudaban a entender el origen de las lesiones.
Entendí que mi cuerpo tenía hábitos de movimiento que las generaban pero sucedían en algún nivel de profundidad que la mirada convencional no lograba identificar para entender y transformar. Felizmente ese año tomé un seminario de "La naturaleza de la fuerza en el cuerpo y la danza" en Lima.
Entré sin saber de qué se trataba, pero al terminar el primer día de clase entendí que investigaba sobre esa capa de profundidad a la que ansiaba llegar para curar mis lesiones. Al segundo día le avisé a mi familia que me mudaba a Buenos Aires para sostener la práctica del sistema.
Al entrar y profundizar en la práctica de alineación, pude descubrir capas del cuerpo que tenían ciertas decisiones de movimiento de las que yo no era consciente. Músculos que no soltaban, articulaciones que se trababan, cadenas de músculos y fascias que tiraban para un lado cerrando mi movimiento, otros lugares que no sabían sostenerse y colapsaban. Mi cuerpo estaba lleno de "pensamientos" que desconocía, que determinaban mi modo de moverme y me llevaban a lastimarme.
Pude entrar en esos pensamientos hechos hábito, y descubrir que eran la corporización de las formas que tenía de entender la vida. Creencias que tenía sobre mí mismo en lo emocional y lo mental. Podía ver la relación entre mis hábitos kinestésicos y mis hábitos de vida. A los pocos meses, nos sorprendíamos de ver cómo había cambiado drásticamente la forma de mi cuerpo: el arco de mis pies, la dirección de mi tibia, el ángulo de mis rodillas, la posición de mi pelvis, la curva lumbar, la apertura de mi esternón, la posición de mi cráneo... Todo había cambiado radicalmente de forma y mis posibilidades de movimiento eran otras. Las rodillas habían sanado y podía bailar.
Valoro mucho de la práctica que no consiste en aprender una forma correcta de hacer las cosas; ni tampoco se queda en la observación de los fenómenos biomecánicos para desglosar el entendimiento del movimiento. Es una práctica que permite enfocar en el auto conocimiento para desaprender conductas adquiridas que inhiben el potencial personal del cuerpo y al mismo tiempo, desarrollar la voluntad de crear nuevos hábitos desde el entendimiento de la propia naturaleza para liberar la expresión de nuestros potenciales de movimiento.
Es la única práctica que conozco que se enfoca a un nivel tan sutil del cuerpo físico, integrando la relación entre lo micro-cósmico con lo macro-cósmico a través de nuestro cuerpo como pasaje de las fuerzas naturales. Los cambios que trajo en mí, van mucho más allá del cuerpo físico. Cambió mi manera de aprender, de ver, de sentir, de integrar el conocimiento. Cambió mi forma de relacionar el adentro con el afuera; mi ser con el espacio y sus elementos.
Galand, Roxana. (2015). Huellas de otras danzas (testimonios de alumnos). En Naturaleza de la fuerza en el cuerpo y la danza

