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texto · 17 de junio de 2022

Danza, un estado extra-ordinario

De Roxana Galand

Fotografía: Maria Sibylla Merian, Metamorphosis Insectorum Surinamensium, 1705

Naturaleza de la Fuerza en el Cuerpo y la Danzatextopublico

Danza, un estado extra-ordinario

Entiendo a la danza como un conjunto de prácticas, pensamientos, procedimientos acerca del estado encarnado de ser que se alejan de la productividad y nos acercan al invento del vivir. A la autopoiesis (*), a la vida como un suceso que no está hecho y que se rehace con cada respiración, cada gesto, cada entrenamiento. Que la vida no está hecha revela que el pasado no puede contenernos: el presente es un desborde de la historia. Algo impensado. Inédito.

Muchas veces pensamos a la salud como un orden para funcionar en las estructuras vigentes, donde un dolor o síntoma son obstáculos para la eficiencia que requiere formar parte de ellas. Los malestares entonces pierden su función de informarnos y quedan por fuera del proceso de una salud que incluya todo lo que somos y no solo lo que es necesario para sostener la estructura actual.

Asimismo, muchas veces organizamos nuestro hacer para funcionar mejor dentro de los saberes que aprendimos, incluyendo nuestras nociones acerca de lo que un cuerpo puede hacer o de lo que un ser humanx es. Queda por fuera el proceso de auto-construcción de lo vivo donde radica la capacidad de habitar las otras posibilidades, esas que hoy no existen. Entonces, ¿cómo encontrar salud con una apertura al potencial de ser?

La práctica de la danza no tiene un fin utilitario, ni el estudio técnico se pregunta por lo funcional en términos de adaptarnos a lo que ya existe: aprender a hacer y estar -a “usarnos” para operar mejor en el terreno de esta realidad. En la danza nuestro hacer está arrojado a otra pregunta, la de lo desconocido. En general vivimos dando por sentada esta realidad, otorgándole validez cuando tratamos desesperadamente de funcionar mejor en lo que existe, en los modos de hacer, mover, elegir. La danza contiene una rebelión de base: la de moverse con otras lógicas a las establecidas. Nos regala una corporalidad –y entonces una posibilidad de pensar- no adaptada al sistema sociocultural actual de cuerpos-seres funcionales a este modo de vivir, como si fuera el único. La danza nos regala un cuerpo para el misterio, para preguntar, para deformarse y formarse, un cuerpo para construirse y deconstruir. El motor de ese trayecto es el deseo, el interés e incluso -y en gran medida- aquello que aún no comprendemos, aquello que nos mueve desde la penumbra. Tantas veces lo que nos mueve es justamente eso que dejamos fuera del campo de la norma y de lo elegido. Todo lo exiliado en la danza tiene un lugar. Quizás por ello aparece otra pregunta acerca de la salud que no tiene que ver con lo funcional, con lo que no falla, lo que no duele; la salud emerge como pregunta inevitable para acceder a la complejidad de lo vivo y así poder encarnar todo lo que somos. Y lo que somos jamás podrá reducirse a lo sabido, a lo ya experimentado: al pasado.

En la danza el cuerpo se vive desde el deseo de placer, desde el dar cause a las inquietudes más feroces o extrañas y también desde el moverse por moverse, sin saber del todo qué se busca. Al estar en ese estado de apertura es posible experimentar las preguntas y los hallazgos que nos constituyen, incluso antes de poder nombrarlos. La danza ofrece una pregunta por la salud que nos permite la construcción de un cuerpo para vivir de modo único y desconocido. Y allí está el mayor desafío: la práctica que habilita la apertura al invento no es liviana ya que nuestra postura se construye al preservar las operaciones, los hábitos y dinámicas que se han conservado a partir de lo aprendido en el pasado. Entonces ¿cómo tender un puente entre la conservación y el cambio? Ahí esta la danza permitiendo que se enlacen lo sabido y la posibilidad. La memoria y la innovación. Todo estudio técnico surge de sostener esa relación para lograr encarnar las nuevas posibilidades en nuestro cuerpo. La danza trae la pregunta por un estar extraordinario del cuerpo; es la pregunta por el potencial que surge de la tensión entre el deseo y su estructura material: ¿cómo confluir en mi campo material mis deseos, preguntas, intuiciones, nubarrones, claridades? ¿Cómo incluir en mi cuerpo esos otros campos que me componen: la sociedad, la historia, el planeta, las otras posibilidades a las conocidas? Mas específicamente podría nombrar que para que ocurra un estar saludable de la postura en la danza se necesitan reunir varios conceptos que habitualmente pensamos disociados. Uno de ellos es integrar la movilidad y la estabilidad. Me refiero a que para lograr permanecer en posiciones con un despliegue antigravitatorio y de complejidad, si el tono miofascial para lograr esta organización es demasiado alto inhibirá las micro movilidades que permiten los ajustes finos al moverse. Esta inhibición bloquea las diferencias entre las partes que nos componen. Uno de los conceptos básicos que necesitamos incluir al pensar la postura, el cuerpo y todo lo que somos es la noción de complejidad: un cuerpo-orquesta compuesto por una infinidad de partes. Partes que no son materia fija, muerta, sino un proceso; y siguiendo la metáfora: cada parte es un instrumento que suena, vibra, provoca. Cada hueso, músculo o visera es sustancia y energía en constante reorganización, una danza. Así el cuerpo es una sinfonía de fuerzas. Estoy hablando de la reunión de diferencias que en su hacer conjunto componen la majestuosidad de un movimiento. Entonces decía que al querer lograr cierta estabilidad para permanecer en una posición determinada, si ese sostén bloquea la movilidad está inhibiendo la diferencia entre una parte y otra. Esto va a generar compensaciones en nuestra postura, ya que necesitaremos de mayor movimiento en otra parte para equilibrar la carencia de movilidad que surge del bloqueo. De modo inverso, si en nuestro entrenamiento priorizamos la movilidad a la estabilidad se generarán excesos de movimiento articular y no se desarrollará el tejido de sostén que permite comunicar las fuerzas de una pieza ósea a la otra. Esto termina provocando estanques, abandonos y colapsos en los tejidos.

Toda práctica nos lleva a pensar en cómo trabajamos nuestra voluntad, cómo participamos del suceso vivo que somos. Un suceso que requiere de nuestra voluntad para sostenerse por fuera del piso (en cualquier posición antigravitatoria como sentarse, estar de pie o desplazarnos). El sostén y la espacialidad del cuerpo ocurren mayormente a través del sistema miofascial, en sus tensiones recíprocas. Descubrir cómo modulamos el tono de nuestros tejidos para integrar movilidad y estabilidad en simultaneidad es uno de los estudios técnicos que nos habilita para desplegar nuestra danza en salud (encarnando las ganas).


(*) La autopoiesis es un concepto acuñado por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, que se propone enunciar el concepto acerca de qué es un organismo vivo. Se trata de sistemas que con su propio operar se crean como unidad y se producen a sí mismos en este proceso, porque el resultado de la operación sistémica autopoiética es justamente el sistema mismo.

Acerca de
Naturaleza de la Fuerza en el Cuerpo y la Danza
Autoría
Roxana Galand